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guía definitiva de la tendencia y su legado
Los preppies han caminado por el mundo con una forma de moverse muy particular, incluso con con cierto desdén y con cero dudas a la hora de calzarse diferentes versiones del náutico Sperry Top-Sider, durante muchas décadas y probablemente siglos. The Official Preppy Handbook, la indiscutible biblia —y también sátira antropológica— de este estilo, publicada en 1980, señaló que el proto-preppy fue John Adams: nacido y criado en Nueva Inglaterra, antiguo alumno de Harvard, segundo presidente de los Estados Unidos y, más recientemente, objeto de burlas en el musical Hamilton. Su “ordenación” se remontaría a 1778, en plena Revolución Americana. “En su primera visita a Francia”, señala el manual editado por Lisa Birnbach, “estableció una tradición preppy al dirigirse de forma brusca a todo el mundo en inglés, incluido Luis XVI”.
En cuanto al nombre, llegó mucho más tarde. Se entiende —escrito como preppie— que procede de Erich Segal, hijo de un rabino en Brooklyn (es decir, nada cercano al entorno clásico del preppy). La novela de Segal, Love Story (1970), un drama lacrimógeno sobre un deportista wasp de Harvard llamado Oliver Barrett IV que renuncia a su vida de privilegios para casarse con una chica de clase trabajadora, vendió más de 21 millones de ejemplares y se convirtió en una película ganadora de un Óscar protagonizada por Ryan O’Neal y Ali MacGraw, a la que se atribuye haber salvado a Paramount Pictures. Pero en realidad esos logros son accesorios frente a su verdadero legado: haber presentado al mundo el concepto prep. “¿Qué es exactamente un preppie?”, reflexionó Segal más tarde. “Es un tipo que se viste a la perfección sin esfuerzo. Parece hacerlo todo con naturalidad”.
La convención dicta que la palabra procede de prep school: exclusivos y caros internados, a menudo en el noreste de Estados Unidos, poblados por adolescentes seguros de sí mismos. Pero Segal, especialista en clásicos, desmontó esa versión. “Es un derivado de la palabra preposterous”, declaró a The Official Preppy Handbook.
Segal, a mi juicio, tiene razón en todo. Un preppy, al menos en el sentido tradicional, es alguien que se viste con un descuido calculado, quizá incluso imposible de mejorar: imagina una camisa oxford con cuello abotonado de J. Press, ligeramente deshilachada pero con la caída perfecta; un grueso jersey noruego de L.L. Bean; el polo Lacoste heredado de su padre; una americana azul marino de tres botones en franela suave; unos Nantucket Reds desgastados; y unos náuticos Top-Siders hechos polvo. El preppy no ignora la moda como tal. Él (o ella, porque es un estilo claramente unisex e incluso andrógino) hace lo menos cool imaginable: ¡se viste como sus padres! ¡Y como sus abuelos antes que ellos! Liberado de la obligación del uniforme escolar, el preppy adopta un código de vestimenta aún más rígido e inmutable mientras pasa el tiempo en yates y pistas de tenis. El único elemento personal es el monograma… y lo más probable es que sea el quinto varón de la familia en llevar exactamente el mismo nombre.
Pero Segal también acierta al vincular este estilo con la palabra preposterous. En el folclore preppy se consagra la idea de que en cada conjunto debe haber, necesariamente, una prenda intrínsecamente absurda. Tom Wolfe, como tantas veces, fue el primero en fijarse en ese detalle. En un reportaje para Esquire en 1976, sobre los ricos de Boston veraneando en la exclusiva isla de Martha’s Vineyard, acuñó la expresión “pantalones go-to-hell”. “Cuadros y estampados lo más estridentes posible, cuadros madras, cuadros de ventana amarillo sobre naranja, estampados como de colcha loca, enormes cuadros pata de gallo”, escribió Wolfe, “o bien eran de un color sólido, rojo correo aéreo, amarillo taxi o cualquier otro tono disparatado de go-to-hell”.
Wolfe no usó la palabra preppy, pero sí señaló que aquella élite blanca y adinerada lograba un estilo que era a la vez caro y desaliñado. “Los pantalones eran su nota de abandono haitiano”, escribió, “mientras que las chaquetas y las corbatas dejaban claro que no olvidaban ni por un segundo de dónde procedía el poder”.
Lo más extravagante del estilo preppy, sin embargo, es cómo se ha adueñado del mundo de manera casi invisible. Lo que en su día pudo haberse considerado una subcultura endogámica y reducida a un rincón muy concreto de Estados Unidos se ha convertido, sencillamente, en la piedra angular de la forma de vestir de muchos de nosotros —especialmente de los hombres—. Ha sido reinterpretado por jóvenes de Harajuku en Japón, pioneros negros de los derechos civiles en Estados Unidos, parisinos de familias conservadoras o los Sloane Rangers británicos, y ha servido de inspiración y referencia a diseñadores de moda durante casi medio siglo.
Es cierto que ha habido épocas de silencio —los noventa del grunge no fueron precisamente una buena década para el estilo prep—, pero se trata del “knotweed” de las tendencias: indestructible, imposible de negar. Y, fiel a sí mismo, en 2025 está en todas partes: en colecciones de Uniqlo, Gant y, por supuesto, Ralph Lauren; en marcas emergentes como Rowing Blazers, Beams Plus o Noah. Entonces, ¿por qué nos gusta tanto —o nos encanta odiar— el estilo preppy?
Cualquier intento serio de responder a esa pregunta comienza con una llamada a la madrina del prep, Lisa Birnbach. Es difícil exagerar el impacto de The Official Preppy Handbook. Vendió un millón de ejemplares, luego dos, y pasó la mayor parte de 1980 y 1981 en la lista de los más vendidos. Arthur Cinader convirtió la tambaleante Popular Merchandise Inc. en el gigante global de la moda J. Crew tras leerlo. L.L. Bean, a la que el libro describía como “nada menos que una meca del prep”, construyó una nueva fábrica para abastecer sus ahora famosos jerséis y botas de pato. (Cuando el prep dejó de estar de moda, la empresa criticó a Birnbach en The Wall Street Journal). “Durante dos o tres años tuvieron una bonanza, y al final terminó”, recuerda. “Y luego se enfadaron”.
The Official Preppy Handbook es una sátira cariñosa y meticulosamente documentada que sigue a su protagonista desde el nacimiento hasta la escuela, las relaciones (“Sexo prep: una contradicción en términos”) y las decisiones de estilo. “Mi madre me dio un ejemplar cuando estaba en el instituto, y me enganché totalmente”, dice Jack Carlson, que en 2017 fundó la marca estadounidense de ropa Rowing Blazers. “Me pareció divertidísimo y fascinante. Es una especie de burla, una especie de guía, una especie de obra de antropología. Es todo eso a la vez. Pero es simplemente una obra genial, genial”.
En cierto modo, Birnbach era una cronista poco probable de un movimiento: tenía solo 21 años y estaba empezando su carrera periodística. (Más tarde escribiría y editaría en la revista Spy de Graydon Carter). Y, como Segal antes que ella, Birnbach era una judía neoyorquina. Había coincidido con muchos preppies a lo largo de su vida, especialmente en la universidad, pero no era su mundo de origen. La noción del outsider-insider, que percibe lo que para otros es demasiado obvio, aparece una y otra vez con el prep, sobre todo porque Ralph Lauren, quien ha hecho más que nadie por popularizar y comercializar este estilo, es un judío asquenazí del Bronx.
“Bueno, no creo que pensara que sería un libro exitoso”, dice Birnbach, reflexionando sobre la publicación del Preppy Handbook, que compiló con un pequeño equipo de escritores en apenas 12 semanas. “Cuando lo entregué, pregunté al editor: ‘¿Debo dejar tiempo para una gira de presentación?’ Él prácticamente se rió en mi cara. Las expectativas eran mínimas. La primera edición era mínima; el dinero era mínimo. Y pensábamos que el público sería muy reducido”.
Ciertamente, muchos de los elementos básicos del estilo preppy son bastante específicos, ya que se desarrollaron principalmente para la vida en internados de élite en Nueva Inglaterra, donde el clima puede ser frío y gris, y los pasatiempos más populares son el esquí y la vela. Tomemos como ejemplo el icónico náutico, el Sperry Top-Sider. Fue inventado en 1935, después de que Paul Sperry resbalara en la cubierta de su barco y cayera al Long Island Sound. Decidido a diseñar un calzado antideslizante, se decidió por un patrón de espiga en la suela tras observar a su amado cocker spaniel deslizarse por una pendiente helada y copiar la forma de sus patas. (Como bien sabía Sperry, los perros son un elemento esencial del estilo prep: “Tener la mascota adecuada es tan importante como tener el polo correcto”, instruye The Official Preppy Handbook. “Y la verdadera mascota Prep es el perro”. Las razas ideales son un golden retriever desaliñado o un Old English Sheepdog enmarañado).
Y el prep siempre ha sido más que ropa. “Mi primera novia parecía salida directamente de las páginas del Preppy Handbook”, cuenta Carlson. “Tenían una casa de esquí en Vermont, en Mad River Glen, que es donde esquían todos los preppies de Nueva Inglaterra. El esquí allí es terrible —todo hielo, rocas y hierba—, pero es el lugar más preppy para esquiar. Camiones antiguos llenos de mil golden retrievers. Caballos. Nada es nuevo, todo es viejo y está en cierto estado de deterioro, pero resulta muy chic de esa manera. Ella me enseñó todo lo que sé”.
Las especulaciones sobre por qué el Preppy Handbook tuvo tanto éxito han tomado direcciones sorprendentes con el tiempo. Una teoría, que comparte Birnbach, vincula la publicación del libro con la elección de Ronald Reagan a finales de 1980. Tras los años hippies y socialmente conscientes de los setenta —deberías escuchar el desprecio con el que Birnbach habla de los collares de conchas puka—, la llegada de Reagan a la Casa Blanca marcó el inicio de una era de aspiración y consumo. El culebrón de gran éxito Dallas comenzó en 1978, pero alcanzó su pico de popularidad a principios de los ochenta con el suspenso de “¿Quién disparó a J.R.?” En este clima, no es de extrañar que las masas se interesaran por imitar a los preppies, lo más parecido que tenía América a una aristocracia.
No es que los preppies fueran universalmente admirados. En muchas películas clave de finales de los setenta hasta mediados de los ochenta —Caddyshack, The Goonies, Trading Places, Breaking Away—, la forma rápida de mostrar que alguien es un engreído arrogante era vestirlo con el uniforme preppy: chaqueta de letterman, polo y pantalones madras. Pretty in Pink, el filme de John Hughes de 1986, llevó esto al extremo. Andie (Molly Ringwald) es una becaria en un colegio privado que viste con un estilo ecléctico de tiendas de segunda mano, para asombro del grupo de ricos, liderado por Steff McKee, interpretado por James Spader. “¿Dónde has comprado tu ropa, en la tienda de cinco y diez centavos?” le lanza Benny, la novia de Steff y la típica chica mala de la clase.
Para Birnbach, que afirma con orgullo que “ninguna fibra sintética ha tocado nunca mi cuerpo” y que hoy viste una camisa oxford, mocasines de ante y gafas de carey ligeras —siempre ligeras—, estas representaciones dolían. “Los preppies siempre eran los malos”, dice. “En las películas de John Hughes, el preppy era un snob rico. Hemos recibido tanta mala prensa a lo largo de los años; es increíble que todavía existamos”.
Birnbach suele describir el estilo prep como “esencialmente estadounidense”. Pero la historia es mucho más compleja. Porque, claramente, la raíz del estilo está en Gran Bretaña: sus internados y sus universidades de Oxbridge. Jack Carlson, que antes de fundar Rowing Blazers fue timonel de Oxford en la Boat Race, está de acuerdo. (Como dato curioso: Carlson, que tiene nada menos que 38 años, también ha representado a Estados Unidos en campeonatos mundiales de remo, ha sido arqueólogo de campo, miembro de la Royal Numismatic Society, experto en la Roma antigua y la China imperial temprana, y ha escrito —¡y dibujado!— un libro sobre heráldica, así que merece la pena prestarle atención).
“Todo esto viene de Gran Bretaña”, explica Carlson por teléfono desde Nueva York, donde acababa de anunciar que dejaba Rowing Blazers, presumiblemente para erradicar alguna enfermedad desagradable. “La pista está en el nombre: la camiseta de rugby, el polo… La palabra blazer viene de las chaquetas rojo intenso que llevaba el Lady Margaret Boat Club en Cambridge. Empezó como una chaqueta informal que los chicos de Cambridge y Oxford usaban mientras se calentaban. Es un sistema bizantino: si remas en el segundo ocho del Jesus College de Cambridge, tienes una corbata concreta, pero quizá también hayas jugado al rugby, y entonces llevarás unos calcetines diferentes. Este mundo es el ancestro definitivo de lo que hoy llamamos preppy”.
También está el hecho de que, mientras la revolución preppy tenía lugar en Estados Unidos, un movimiento similar, aunque más exclusivo, se estaba gestando al otro lado del Atlántico. En 1982, Ann Barr y Peter York, ambos trabajando para la revista Harpers & Queen, publicaron The Official Sloane Ranger Handbook. Los autores habían visto claramente lo que Birnbach había conseguido, y, como en su caso, parte del éxito del libro se debía a cambios sociales más amplios. “En aquella época, Gran Bretaña salía del desastre de finales de los setenta y de una enorme depresión”, ha dicho York. “Fue una combinación de escapismo y aspiración”. El libro también contaba con una figura emblemática que llamaba la atención: la supersloane princesa Diana, que se había casado con el príncipe Carlos el año anterior.
Pero los Sloane Rangers —que recibieron ese nombre por primera vez, también en Harpers & Queen, por un par de subeditores en 1975— nunca viajaron mucho más allá de un par de códigos postales de Londres y del famoso Sloaney Pony (también conocido como el pub White Horse) en Fulham. Parte del problema, opina Jason Jules, estilista británico, dandi integral y excelente ejemplo de cómo vestir preppy, está en la marca. “Los dos libros salieron más o menos al mismo tiempo”, dice cuando nos encontramos a tomar un café. “Y ambos hablaban prácticamente de la misma estructura de clases en su sociedad: los colegios, los modales, los jerséis de rugby, las camisas de cuello abotonado, todo el conjunto, los mocasines. Pero Estados Unidos tiene la capacidad de ponerle nombre a las cosas y apropiárselas, mientras que los británicos suelen no hacerlo. Y si no lo nombras y repites el nombre, se disuelve con el tiempo. Pero el Sloane Ranger es, sin duda, la versión británica del preppy”.
Sin embargo, la razón principal por la que quería hablar con Jules era su libro Black Ivy: A Revolt in Style, que causó sensación discreta en los círculos de moda cuando se publicó en 2021, al detallar el papel crucial, y poco reconocido, que los hombres afroamericanos jugaron en la difusión del estilo Ivy League en los años cincuenta y sesenta. Estos fueron momentos clave en el nacimiento del prep: Ivy es el hermano mayor sensato de su hermano menor, más deportivo y colorido. Y, según Jules, a menudo eran hombres afroamericanos —como Miles Davis, James Baldwin y Arthur Ashe— quienes lo llevaban mejor. “Miles Davis llevaba seersucker todo el día, todos los días, prácticamente”, explica.
Para los hombres negros, especialmente aquellos implicados en el movimiento por los derechos civiles, vestirse bien (o al menos como los blancos ricos) era un acto de poder sartorial. “Se convirtió en una herramienta”, explica Jules. “Esa revolución en particular se televisaba; era todo un espectáculo. Y casi estaban avergonzando a la América blanca al demostrar que merecían igualdad ante el resto del mundo. Y, para lograrlo, el uniforme fue secuestrado como un escudo. Así es básicamente como se politizó”.
El estilo preppy ha tenido siempre un alcance sorprendente. A medida que el libro de Birnbach se convirtió en un éxito de ventas de boca a boca en Estados Unidos, también se estaba convirtiendo en una sensación en Japón, donde apareció traducido seis meses más tarde y vendió más de 100.000 ejemplares. En su libro de 2015 Ametora: How Japan Saved American Style, el escritor cultural W. David Marx explica que el auge del prep a principios de los ochenta fue un momento histórico, cuando Estados Unidos y Japón experimentaron la misma locura por la moda al mismo tiempo. Hoy en día, en la era de las redes sociales, eso no es gran cosa, pero si se mira hacia atrás, fueron los primeros pasos de la globalización.
Pero la reflexión de Marx va más allá: los entusiastas japoneses del estilo empezaron copiando los básicos preppy —mocasines de Brooks Brothers, camisas oxford—, pero no se detuvieron ahí. Luego se propusieron deconstruir y, probablemente, mejorar la ropa. “Hubo unos buenos tres años, de 1980 a 1983, en los que el preppy era el estilo dominante”, dice Marx desde Tokio por teléfono. “Y Japón trata de entenderlo, codificarlo, antes de que Estados Unidos siquiera pueda hacerlo. Luego, por supuesto, veinte años después, cuando la gente vuelve a interesarse por él, miran las fuentes japonesas. Así que ahora es todavía más confuso. Es un momento interesante, cuando Japón contaba con una infraestructura de información de moda tan avanzada que podía identificar estas tendencias antes incluso de que los estadounidenses supieran que estaban ocurriendo”.
Todo esto nos lleva hasta hoy, cuando el estilo preppy disfruta de otra—¿la decimocuarta? ¿la vigésima segunda?—revival. Es bastante evidente que el prep en 2025 significa algo muy distinto de lo que significaba en 1980. Los puristas pueden optar por comprar únicamente clásicos de lo que Birnbach llamaba una “Tienda Aprobada”, guardianes de la llama, como The Andover Shop en Massachusetts; pero hoy en día, un público general se acerca a aproximaciones bien hechas de Uniqlo o a marcas neo-preppy que hacen reinterpretaciones juguetonas de los años ochenta, como el suéter de cachemira de cuello redondo de Rowing Blazers con Winnie the Pooh o la versión moderna de los pantalones go-to-hell de Noah, adornados con veleros.
Además, nadie, ni siquiera en Nueva Inglaterra, viste ya de manera preppy de pies a cabeza, del sombrero de paja a los Top-Siders. Lo más habitual es combinarlo con workwear o streetwear. De hecho, definir qué es exactamente el estilo preppy se ha vuelto mucho más difícil. “Pienso en la autenticidad de todo esto”, dice Carlson, “porque muchas marcas lo intentan y lo hacen completamente mal. Es como lo que dijo el viejo juez del Tribunal Supremo estadounidense Potter Stewart sobre la pornografía: ‘Lo sé cuando lo veo’”.
Y la percepción del prep también ha cambiado. W. David Marx se dio cuenta de ello cuando le pidieron hablar en el lanzamiento de este año de la colección “modern preppy” de JW Anderson para Uniqlo. “Me gusta el look de suéter de rugby sobre los hombros”, comenta. “Pero si lo hubieras hecho en 1988 o 1992, te habrían pegado. Porque era un marcador de absoluta indiferencia, de alguien rico que no entiende el mundo”.
¿Por qué diseñadores como Anderson, que recientemente dejó Loewe para hacerse cargo de Dior Men’s, siguen recurriendo al prep como fuente de inspiración? La razón principal, opina Jason Jules, que también diseña bajo el nombre Garmsville, es que es divertido. Y en la moda masculina, que, seamos sinceros, puede ser bastante aburrida, eso resulta muy atractivo. “La moda femenina cambia constantemente”, dice. “Es, en esencia, sobre moda. En cambio, la moda masculina avanza más despacio; se trata de desafiar ciertos límites, luego retroceder y después avanzar. Es un baile.
“El preppy consiste en ser juguetón de manera seria, y esa es una de las razones por las que a los diseñadores les gusta”, continúa Jules. “Puedes comprarte unos pantalones locos, pero están bien hechos. También hay un respaldo técnico; eso siempre formará parte de la historia. Puedes llevar un suéter de cricket estrafalario, pero es pura lana. Y son piezas esenciales. En diseño, existe la silla Eames. Siento lo mismo con los náuticos: tienen tanta historia, y son objetos bellos por sí mismos”.
Y el atractivo para los consumidores, que compran estas prendas aunque ya tengamos polos suficientes para ocho vidas, es similar. Son prendas que evocan poderosamente el ocio y el verano: dos cosas que, estoy seguro, la mayoría consideramos asociaciones fuertes y positivas. (El Preppy Handbook tiene una sección titulada, sin concesiones, “El verano es un verbo”). “No sé exactamente cómo empezaron los pantalones go-to-hell, pero la idea es que estás comunicando tu ingenio y tu, digamos, joie de vivre”, dice Birnbach. “Es una manera de comunicar rápidamente quién eres. Es casi como estar un poco ebrio. Te ahorra tiempo. No tienes que decirle a la gente en la fiesta que eres un ‘buen compañero’, porque lo pueden deducir del langostino, del martini, de las pelotas de tenis, de los palos de golf, del pato, del oso de peluche, o lo que sea que tengas bordado en los pantalones”.
La otra razón por la que a los hombres les encanta un revival prep es que la ropa es favorecedora y no tenemos que desechar todo nuestro armario. “Está justo en la base de lo que ya lleva todo el mundo”, dice Marx. “Así que ir un poco en esa dirección no es muy difícil. En cambio, si le dijeras a todo el mundo que el cuero está de moda, o que el punk rock está de moda, o el tipo de cosas que hacía Gucci hace un par de años, la Bohemia de los setenta, una persona normal no puede, de golpe, añadir un poco de eso a su vida. En cambio, si les dices ‘¡el prep está de moda!’, es como: ‘Genial, me compro un suéter de cuello redondo’”.
La disolución de las reglas del prep, sin embargo, ha dado lugar a ciertas incongruencias generacionales. En 2023, una niña rubia llamada Haley visitó una tienda de ropa infantil en Dallas llamada Dear Hannah Prep. Lo único que realmente necesitas saber sobre Dear Hannah Prep es que no es prep en absoluto, al menos no según la definición que usaría cualquiera nacido antes del cambio de milenio. Pero Haley, que estaba grabando un TikTok, pensó lo contrario: “¡Dios mío, qué preppy está esto!” dijo, llevándose la mano a la boca, aparentemente emocionada. El vídeo se convirtió en un meme, inspirando vídeos imitadores en los que, por ejemplo, alguien bajaba al sótano a poner la lavadora o entraba en una celda acolchada y susurraba: “¡Qué preppy está esto!”
“Si tuviera que adivinar, la palabra preppy ahora está algo anclada en ‘esto es un poco tradicional, un poco pudiente y un poco colorido’”, dice Marx. “Pero, en realidad, más allá de eso, prácticamente no significa nada”.
Como pregunta final, pregunté a todos con quienes hablé si podrían nominar a alguien para el nuevo Panteón Prep: ¿Quién encarna el estilo preppy en 2025? Todos tuvieron dificultades para dar un nombre. Algunos dijeron que me lo comunicarían más tarde y no lo hicieron; otros, casi obligados, propusieron a regañadientes a Tyler, the Creator y A$AP Rocky. (Carlson también sugiere a su amigo, el actor Adam Scott de Severance, que es preppy pero “no en plan universitario idiota”, un estilo al que todos aspiramos). Aun así, quizás la belleza del prep sea que va más allá de figuras representativas; no necesita embajadores para dominar silenciosamente el panorama de la moda.
“Es muy adaptable”, coincide Marx. “Así que cuando cuentas la historia del prep, en realidad estás contando una historia multicultural y diversa sobre cómo todas estas personas diferentes han utilizado el estilo para verse bien a lo largo del tiempo. No da la sensación de estar sobrecargado por estar ligado a un momento muy concreto al que la gente no quiere volver. Siempre se puede reinventar”.